A CIEN AÑOS DE LA MUERTE DE ANTONIN DVORAK
 Por Egon Friedler
Gentileza del mensuario "Relaciones"


Antonin Dvorak (1841-1904) nació en Mülhausen, Bohemia, en un medio rural. Era el hijo del dueño de un modesto posadero, que quería que su hijo continúe su profesión. De niño fue enviado a Zlonice a estudiar alemán. Allí adquirió sus primeros conocimientos de música con Antonin Liehmann, quien le dio conocimientos básicos de órgano, piano y viola. En 1857 ingresó a la escuela de órgano de Praga donde permaneció dos años. Luego obtuvo un cargo como violista en la orquesta del Teatro Nacional donde permaneció durante una década. Entre 1873 y 1877 fue organista de la Iglesia de San Adalberto en Praga. El 9 de marzo de 1873 estrenó en la capital checa su obra más ambiciosa hasta entonces, un “Himno” para coro y orquesta y dos años más tarde ganó el Premio del Estado austríaco por una sinfonía.

Mientras trabajaba en la Orquesta del Teatro Estatal, conoció a su director, Bedrich Smetana, quien despertó en Dvorak el entusiasmo por la música nacional bohemia. Dvorak destruyó muchas de sus composiciones tempranas, en las cuales había una fuerte influencia de los románticos alemanes y Wagner y comenzó a escribir música bohemia. En esta vena, produjo una ópera cómica popular y una serie de dúos vocales titulados “Aires de Bohemia”. Por esta última obra, obtuvo una beca annual de la Comisión de Música del estado austríaco.

Uno de los miembros de la Comisión era Brahms, quien se interesó por la obra de Dvorak y lo recomendó al influyente editor Simrock, que comenzó a editar sus obras. Por recomendación de Brahms, Simrock encargó a Dvorak las “Danzas eslavas” según el modelo de las “Danzas Húngaras” del propio Brahms. Estas “Danzas” alcanzaron una enorme popularidad en toda Europa. De ser un compositor local pasó a ser un creador internacional asediado por encargos de nuevas composiciones e invitaciones a dirigir grandes orquestas. Cuando, en 1884, se presentó en Londres dirigiendo tres conciertos íntegramente dedicados a sus obras, tuvo una acogida triunfal.

En 1892 Dvorak llegó a los Estados Unidos, contratado para dirigir el Conservatorio Nacional de Nueva York. Allí permaneció durante tres años y durante su estadía se interesó por la música folklórica india y negra norteamericana. Dos obras escritas en ese período incluyen la famosa “Sinfonía del Nuevo Mundo” y el “Cuarteto americano” que mezclan estas nuevas influencias con su raigambre nacional checa. En 1895, extrañando a su país, volvió a Bohemia. Seis años más tarde fue nombrado director del Conservatorio Nacional de Praga, un cargo que mantuvo hasta el final de su vida. En los últimos años recibió muchos honores por su trayectoria artística y fue reconocido como el gran compositor nacional de su país. Falleció de un ataque de apoplegía y el día de su funeral, el 5 de mayo de 1904, fue decretado duelo nacional.

Mucha de su música se inspira en los paisajes bohemios, en los días de fiesta, ceremonias, cantos y danzas populares. Pero también creó un considerable número de obras de “música pura” que pertenecen a lo más importante de la música creada en el siglo XIX tales como el concierto para violoncello y orquesta en si menor (1895) y sus mejores obras de cámara como el trío para piano en fa menor (1883) , el trío para piano y cuerdas en mi menor Op.90 (1891) denominado “Dumka” y el Quinteto para cuerdas en la mayor Op.81 (1887).

Sin embargo, su condición de músico nacional checo define su lugar en la historia de la música. Al respecto escribe el crítico francés Guy Erisman en su monografía sobre Dvorak : “La naturaleza checa del músico es tan profunda, instintiva y hasta mística, que su música lleva ese sello inconfundible. Cabe subrayar que no recurre a lo anécdotico y superficial o a la mera imitación que alcanza este colorido nacional. Dvorak desdeñaba los fáciles “préstamos directos” de la música popular de su país. “Suprima esa frase ridícula según la cual empleo temas indios o americanos” dijo al redactor del programa de uno de sus conciertos. “No es cierto, yo simplemente me esforcé en escribir en el espíritu de estas melodías americanas”. Por lo tanto es la conjunción espontánea de su invención melódica y de su gusto natural por la patria de sus padres que da ese colorido checo a la mayoría de sus obras.”

A menudo se ha comparado a Dvorak con Smetana, por ser ambos músicos nacionales de su patria. El musicólogo austríaco Otto María Carpeaux hace una sutil distinción entre ambos : “Dvorak y Smetana utilizaron los mismos elementos, pero nadie confundiría un tema de Smetana con uno de Dvorak. Ni el uno ni el otro utilizaron melodías existentes. Inventaron sus temas, pero su fuente de inspiración es distinta. Smetana es discípulo de Liszt y también conoce a Wagner. Dvorak es alumno de Schumann y Brahms, pero su amor secreto fue la música de Schubert. La preferencia de Smetana por la música de programa y la de Dvorak por la música absoluta, parece significar, en el primer, una inspiración más literaria y en el segundo una formación más académica. Pero sucede lo contrario ; Smetana elabora sus obras con el cuidado de un polifonista erudito ; Dvorak es un gran improvisador que responde a la inspiración del momento sin mucha preocupación por la estructura.”

Pero en definitiva es indiscutible que el lugar que Dvorak ocupa en la historia de la música es considerablemente más importante que el de Smetana. Es sugestivo examinar qué obras de ambos siguen teniendo popularidad a comienzos del siglo XXI. De Smetana se conserva su ciclo de poemas sinfónicos “Mi patria” y la ópera cómica “La novia vendida”. De Dvorak por lo menos cuatro sinfonías mantienen un sitial de honor en el repertorio sinfónico. El Concierto para violoncello sigue siendo uno de los pilares del repertorio para el instrumento y en los últimos años ha ido ganando creciente difusión su hermoso concierto para violín. Y por supuesto están sus notables obras de cámara así como sus lieder, tales como el ciclo de “Canciones Bíblicas” popularizadas por la notable grabación de Dietrich Fischer-Dieskau. Es cierto que Dvorak carecía de sentido dramático y no tuvo éxito con la ópera. Pese a ello, en los últimos años ha habido un renovado interés por “Russalka” mientras sus obras religiosas tales como el “Stabat Mater” y el “Requiem Op.89” cada vez se ejecutan con mayor frecuencia.

Dvorak tuvo el privilegio de ser admirado no solo por su público sino también por los más prestigiosos músicos de su tiempo. Brahms, después de leer la partitura del concierto para violoncello y orquesta de Dvorak, dijo : “¿Porqué diantre no sabía que se podía escribir un concierto para violoncello como éste? De haberlo sabido ¡! Lo habría compuesto hace tiempo ¡! Y Leos Janacek escribe en sus recuerdos sobre Dvorak : “¿ Conoce Vd. el sentimiento que se tiene cuando alguien le quita a uno la palabra de la boca antes de decirla? Eso es lo que experimentaba en compañía de Dvorak. En él, su trabajo y su persona eran conceptos intercambiables. Es como si hubiera extraído sus melodías de mi corazón. Se trata de un vínculo que nada sobre la faz de la tierra podría romper.”

No cabe la menor duda de que Antonin Dvorak es el mejor conocido y el más ejecutado compositor checo de todos los tiempos. Su inventiva musical inagotable y la belleza de sus melodías siguen deslumbrando a los amantes de la música en todo el mundo al cumplirse el primer siglo de su desaparición física.