UNA HERMOSA "FLAUTA MÁGICA" EN EL TEATRO COLÓN

Por Egon Friedler

"La flauta mágica" - Singspiel en dos actos de Wolfgang A.Mozart -
Libreto de Emanuel Schikaneder - Con los cantantes Donald Kaash (Tamino) Simona Houda Saturova (Pamina) Laura Rizzo (Reina de la noche) Hernán Iturralde (Papageno) Lucas Debevec Mayer (Sarastro) Osvaldo Peroni (Monostatos) Carina Hoxter (Papagena) El orador y Segundo Sacerdote (Ariel Cazes) Patricia González, Cecilia Díaz y Marcela Pichot (Las tres damas) Gerardo Marandino (Primer guardián del templo) Nahuel di Pierro (Segundo guardián del templo) - Dirección musical de Oliver von Donhanyi - Concepción escenográfica : Michael Hampe - En el Teatro Colón de Buenos Aires, domingo 18 de abril

    En su clásico libro sobre ¨Las óperas de Mozart" el musicólogo británico Edward Dent dio una opinión lapidaria acerca del libreto de "La flauta mágica" al que definió como una "mera aglomeración de absurdos¨. Sin duda, tiene razón. Sin embargo, la genial música de Mozart humaniza a los personajes, y legitima plenamente este cuento de hadas acerca de un príncipe que se enamora del retrato de una princesa cautiva y que no solo la rescata sino que además se convierte junto con ella en miembro destacado de la secta de sus raptores. Por supuesto, hoy nadie ignora que Mozart pretendió hacer una apología de la masonería, pero en nuestros días esa intención parece una mera curiosidad. Si la historia ha sobrevivido gallardamente más de dos siglos en todos los teatros del mundo y Tamino y Pamina, al igual que Papageno y Papagena son personajes entrañables para los amantes de la ópera, ello se debe esencialmente al genio no solo musical sino también dramático de Mozart. El enamoramiento fulminante de Tamino del retrato de Pamina podrá parecer ridículo pero el aria "Dies bildnis ist bezaubernd schôn" (El retrato es mágicamente hermoso) le confiere una veracidad teatral imbatible. Cuando Pamina está desesperada y se quiere suicidar luego de que Tamino se niega a hablarle porque está supeditado a un juramento de silencio por parte de los iniciados, el espectador de ópera no piensa que la muchacha no tiene dos dedos de frente y que es incapaz de entender que Tamino está pasando una prueba, sino que se siente conmovido por el bellísimo lamento del aria de Pamina "Ach, ich fûhl´s " ( Ay, yo lo siento). Más allá de las incongruencias sicológicas, el cuento como en la época de su estreno, en 1791, el último año de vida de Mozart, sigue siendo un magnífico pretexto para un gran montaje escénico.
Esto es exactamente lo que brindó el Teatro Colón, con un segundo acto particularmente deslumbrante, con varios planos escenográficos, notables efectos de luces y un movimiento escénico pensado hasta el más mínimo detalle, según la concepción de uno de los regisseurs más cotizados de Europa, Michael Hampe.
Pero de poco hubiera valido la mejor concepción teatral sino hubiera estado jerarquizada por su admirable interrelación con la musical.
Bajo la dirección musical solvente y minuciosa del director eslovaco Oliver von Donhanyi, con una orquesta dúctil y admirablemente disciplinada, un elenco de solistas de gran nivel y un coro magníficamente ensayado, la versión no tuvo flancos débiles.
Entre los solistas principales sobresalieron sobre todo ambas mujeres: la eslovaca Simona Houda Saturova como Pamina y la argentina Laura Rizzo como Reina de la Noche. La primera por su interpretación hondamente sensible y su refinadísima musicalidad, la segunda por sus cristalinas agilidades vocales. El Pamino del norteamericano Donald Kaash, pese a su dominio impecable del rol, fue menos atractivo porque su línea de canto no tiene la pureza que generalmente se asocia con él. En el sector femenino cabe citar además al espléndido trío de Damas (Patricia González, Cecilia Díaz, Patricia Pichot). En otros roles merecen ser destacados el excelente Papageno de Hernán Iturralde, la deliciosa Papagena de Carina Hoxter, la impresionante autoridad vocal y escénica de Lucas Debevec Mayer como Sarastro y el altamente competente desempeño del uruguayo Ariel Cazes en el doble rol de Orador y Segundo Sacerdote.
Sería injusto no mencionar el espléndido trío de "niños genios" (Carla Franze, Julián Parada y Nicolás Regueiro) y vale la pena señalar que otro uruguayo se integró dignamente al elenco en un rol secundario pero de indudable compromiso : Gerardo Marandino, como Primer guardián del Templo.
En resumen, fue una versión digna de la tradición del gran teatro de ópera bonaerense, que más allá de cambios y toda clase de vicisitudes políticas y organizativas, sigue conservando un primer nivel internacional.