W.A. MozartExtracto de "La última luz de Mozart" del escritor español Vicente Salas Viú

El Réquiem lo estaba devorando. Constanza, enérgicamente apoyada por el médico, pudo al fin hacerse obedecer y, durante unos días, la partitura no se mostró ante los ojos del enfermo. Tiempo después de la profunda crisis se le permitió volver a hojearla. -Se creyó que esta distracción podría sacarlo de su amenazante laxitud. Pasaba durante horas enteras, como ausente, página tras página; corregía pequeños detalles o se complacía en seguir las líneas del pentagrama al hilo de la música, abstraído en sus pensamientos. la calma, una pesarosa calma, se había adueñado definitivamente de su ser.  En los días que prosiguieron hasta el de su muerte, rara vez y sólo por breve tiempo abandonó el lecho para instalarse en un sillón junto a la ventana, hundida la cabeza en las almohadas del respaldo. Allí recibía a sus discípulos y a las contadas personas que venían a visitarle para informarse de su salud.  El 4 de diciembre, se hallaba Mozart leyendo el Réquiem con su cuñado Hofer, cuando recibió la visita de Schach y Gerl, cantantes de la ópera, a quienes invitó a continuar la lectura comenzada.  Se repartieron las partes del coro y el propio músico tomó para sí la de contralto. Aquella grave música se ensanchó en el aire tranquilo de la estancia. la débil luz de la mañana cobraba irreales reflejos a su contacto Al llegar a los primeros compases del Lacrymosa, el maestro fue‚ presa de una gran agitación y la lectura hubo de interrumpirse. Sumióse después en un sopor prolongado, extáticos los ojos, caídas las manos a lo largo del cuerpo. Así permaneció varias horas, hasta avanzada la tarde. Süssmayer, el querido discípulo, estaba a su lado. Mozart le pidió que recogiera algunas  notaciones sobre su obra, que él ya no se sentía con fuerzas para hacer por sí mismo. Acabadas estas indicaciones, volvió a caer en el abatimiento de antes Lo profundo de su respiración, lo fijo de sus rasgos, su inmóvil mirada hicieron creer al discípulo que Mozart dormitaba con los ojos abiertos y, sigilosamente, salió de la habitación para despedirse de Constanza.  La noche transcurrió en parecida calma.  Después de las once, un febril estremecimiento sacudió su cuerpo exangüe; sus descarnadas manos se agitaron en el vacío como pretendiendo asirse de algo que no hallaban. Acudió Constanza y sostuvo su débil cuerpo que, inclinado fuera del lecho, estuvo a punto de derrumbarse sobre la mesita cercana, donde yacían en desorden los apuntes tomados por Süssmayer. Volvió a reclinarle sobre las almohadas que lo mantenían medio incorporado para que respirase mejor.  Y de esta actitud ya no salió más que para adoptar las severas rigideces de la muerte.  Era la una en punto de la madrugada cuando rindió su espíritu.

A las tres de la tarde del 6 de diciembre‚ de 1791, unos cuantos amigos se congregaron en el zaguán de la casa de Mozart para acompañar su cadáver desde la Catedral de San Esteban, donde se le había velado, al cementerio. El día era de un gris plomizo. Soplaba fuerte viento y en el cielo se adensaban oscuras nubes, presagio de tormenta. Apenas había llegado el cortejo a las puertas de la ciudad, se desencadenó un furioso temporal de nieve. Caían en abundancia los gruesos copos y el viento, que corría desalado por la yerta llanura, arremolinaba las capas y hacía penetrar el frío hasta los huesos de los acompañantes del músico en su postrer viaje. La comitiva acabó por disolverse. Cuando el triste caballejo que, a paso tardo, arrastraba la carroza con los restos de Mozart, alcanzó las tapias del cementerio, él y el entumecido cochero eran la sola escolta que aquel cortejado de príncipes llevaba hasta la tumba. La tierra del común, la fosa anónima que acoge a los innumerables desheredados de fortuna, abrigó sus despojos. Sus cenizas cobrarían mayor sentido al fundirse con las de tantos que no habían conocido de la vida sino cuanto tiene de agonioso sufrir, de tortura sin tregua.